por Juan Vergillos

PREMIO NACIONAL DE FLAMENCOLOGÍA

Ha publicado novelas, ensayos, libros divulgativos, relatos, poemas y letras de canciones. Ha escrito y dirigido espectáculos de danza y de cante flamenco. Ha dirigido festivales de flamenco y otras artes escénicas. Ha ofrecido conferencias, talleres y espectáculos en teatros, festivales, colegios y universidades de Europa y América. Colabora habitualmente en la prensa generalista y especializada. Dirige el blog Vaivenes Flamencos.







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viernes, 14 de diciembre de 2012

Hoy hace dos años


Me despierto agitado, otra vez he soñado con la guerra.

Por primera vez subo a la trinchera. Miro por la tronera y veo al otro lado la muralla de ellos. Es, como la nuestra, de estuco pardo. Sé que pronto estarán aquí, así que me deslizo por el agujero. Me atasco, pero consigo pasar por el estrecho pasadizo. Entonces veo a la muchacha que se acerca hacia nosotros. Cuando sube la escalera, tengo mi arma lista. Apunto a su cabeza. Lo más fácil, lo más rápido, sería disparar.

- Ven a ver a las personas que has puesto en peligro.
- Pero, ¡yo te quiero!
- ¿Cómo me vas a querer si me traicionas?

En el interior de la enorme bodega, casi arruinada, enterrada por efecto de las bombas, cabe el universo entero, excepto el mal. Me siento a salvo.

Escucho el disco ‘Holiday’ de América en mi grabación de los 15 años, hecha de casete a casete. Es un milagro que suene, y, sin embargo, los arreglos de George Martin siguen siendo exuberantes y delicados. Lo que contienen estos acordes es todo el deseo, todas las ganas de vivir que había en mi pecho. Todas las mujeres que vinieron. Y las ciudades. Las noches y las madrugadas. Las mañanas, junto a ti, paseando por el centro recién regado, impoluto, de Lisboa. He cumplido las expectativas del adolescente que fui. Ahora es el tiempo de ser un hombre. Durante el desayuno tengo la tentación de conectar la radio. Pero no lo hago, finalmente. Me he hecho el propósito firme de no ingerir tóxicos, ni físicos ni espirituales, durante una temporada. Me siento un rato a meditar. Enciendo una vela verde, con la esperanza. Pienso que es un privilegio maravilloso respirar el aire de esta mañana y la emoción nace en mi pecho.

Busco entre mis papeles. Busco recordar: ¿cómo era que se echaban las monedas del ‘I Ching’? Finalmente las echo a lo que salga. Pienso en L. al hacerlo. Escribo la pregunta en mi cuaderno: “¿qué hago con L.?”. El hexagrama 46 me dice que el éxito de la relación está asegurado y que hay que trabajar mucho. L. está al otro lado del océano. Hay que subir escalón por escalón. Hay que consultar al hombre sabio. Hay que venirse al sur.

Conecto el ordenador, aunque sigo sin tener wifi. Ya son cuatro meses sin conexión. Por ahora no me lo puedo permitir. Eso es lo que hay. No pasa nada con ir al locutorio de las colombianas, cada día. Trabajaría mejor con la conexión en casa. Y ligaría más. Ahora son los handicaps de mi vida, las grabaciones con ruido de fondo y la falta de conexión con el mundo virtual.

Me pongo a trabajar en mis conferencias y busco una titulada ‘Flamenco y poesía en la obra de M.’. La reviso y, cuando acabo, resuelvo que no está nada mal. Aunque la escribí hace nueve años, todavía suscribo casi todos sus puntos. Pero no es lo adecuado, esta vez. No quiero hacer una exposición envarada de mi maestro. Pienso que es mejor improvisar, leer algunos de los artículos que he publicado desde su muerte. Y dejarme llevar por la emoción de su recuerdo. Se murió muy pronto, quisiera haberlo podido tratar más, conocerlo mejor. Siempre que lo veía me expresaba su deseo de conocernos mejor, de vernos más. Creo que fue la timidez lo que me impidió profundizar más en la relación. Pero fue un privilegio enorme de la vida el poder conocerlo, tratarlo y quererlo como lo quise. Y lo quiero.

Pero estás al otro lado del océano, ¿cómo voy a profundizar en la relación? Me muero de celos cuando pienso en tus amantes veinteañeros, ¿cómo competir con ellos desde mis achaques de los cuarenta y tres años, desde mis handicaps? Soy un hombre que se cansa. Y, sin embargo, me dijiste que soy tu mejor amante. Me enorgullece. En el momento, sentí orgullo. Cuando era solo una noche, sentí orgullo. Una noche maravillosa, que me abrió las puertas del corazón de par en par, encerrado como estaba desde hacía meses. Pero sólo una noche. Cuando me fui enamorando cada vez más empezó el dolor de ser uno entre otros. El dolor se hace más profundo con la lejanía, con la soledad. Ellos están allí, contigo, y yo aquí. Me lo dijiste, que no estás hecha para pertenecer, para uno solo, que lo nuestro tenía el final escrito. Que yo era un hombre muy formal, que estaba muy lejos de tus deseos el armar una familia. Por cierto que no te pedí en matrimonio. Aunque sí quisiera poseerte, encadenarte a mí. Quisiera que me pertenecieras, y que tu vagina me perteneciera, con la exclusiva de sus frutos. Pero estás al otro lado del océano. Quizá pueda dar otro paso, subir un escalón.

Leo un poema de Al-Mutamid que cantó el maestro. Me sirve para los dos, para él y para L. : “Ignoran mis ojos tu presencia, pero vive tu semblante en mi recuerdo”. Cuando voy al locutorio leo un twit de Soleá y empiezo a deducir que hoy, justo hoy, hace dos años que murió.

jueves, 28 de julio de 2011

Soleares para un adiós

No quisiste despedidas,
Escoges seguir enfadada con el mundo.
No quisiste adioses,
Prefieres el exabrupto a la caricia.


Pero la noche nos dio sombra,
Jamás imaginaste volver a ser
Y fuiste, en mis manos, hembra y luna.


Un regalo inesperado de besos y suspiros
Un lugar al que no volverás
En todos los días del mundo que se va.


¿Quién te lo iba a decir
que serías, por fin,
lo que siempre anhelaste ser, mujer?


Fue un regalo inesperado,
tampoco yo lo diría,
de la noche y de la almohada.
Fuiste mujer y me recibiste y te di
Lo que los hombres dan a la mujer
Desde el comienzo al fin.


La sombra nos dio luz,
La sábana caricia,
El rubor, coraje,
El llanto, risa.


Y te vas hacia las sombras,
Te vas sin despedida.
Te vas hacia la ira,
Te vas sin volver la cara
Para saludar lo que fuimos,
A la muerte sin ser vida.


Te vas al mundo,
Al infierno de la prisa.
Corres por no sentir
El horror de estar vacía.



Pero yo te llené.
En mi corazón fuiste vientre,
En mi corazón vives
Y serás, más que rabia, roce,
Más que rencor, firmamento,
Más que dolor, verdad,
Ilusión más que odio,
Amante más que olvido.


En lo profundo hay un hijo
Que no quisiste ser.
La hija sin coraje para ser esposa.
En mis dedos fuiste, mujer,
Por vez primera y última.


Amante más que olvido,
Aunque esta soleá te encante,
Por ver si con ello
Consigo olvidarte.
Consigo no olvidarte.
Recuerdo de lo que olvido.

jueves, 14 de julio de 2011

Algunos aforismos despechados

Vuelve esta afamada sección a 'Vaivenes flamencos'. Ahí van algunos,que le dijo Sansón a Dalila:



La vida es dura. Tú lo eres más.




Entonces nos avergonzábamos de ser tan ingenuos. Ahora nos arrepentimos de ser tan sabios.



La paranoia tiene sus ventajas: mi cuento favorito es ‘The gardener’ de Rudyard Kipling y creo que sólo un sereno paranoico como el que lo escribió puede disfrutarlo al cien por cien.



¿Para qué quieres ver las estrellas si es suficiente con ver una estrella? Claro que esto no lo puedes saber sin haberlas visto todas. Para eso es necesario ver las estrellas.



El final de los tiempos es todos los días.



Apaguemos las luces, encendamos las estrellas.



El mar, que era grande, se ha hecho pequeño.



Otros escriben de flamenco, yo lo vivo.



Esta vida es deliciosa: tú lo eres más.

viernes, 6 de mayo de 2011

Postales de feria (III): Voy a serle fiel a mi corazón

Mi amiga F. de la que hablaba antier, es una mujer de verdad, que sabe de qué va la vida. Nada que ver con las niñatas estas que yo me encuentro por las noches y que se llevan a mi pájaro detrás. Esas niñas que, a veces, me dan calabazas, y otras duermen conmigo. Esas niñas a las que, a veces, juro amor eterno y otras me caso con ellas. Si se me cayera el pelo o tuviera arrugas en la frente quizá no atraería a este tipo de muchachas.


Le pido a David que espere un momento, que en seguida vuelvo. Salgo del portal y me voy en busca del tugurio en el que dejé a mis amigos. Habíamos quedado en irnos pero llevo un rato mirando a la puerta del local y no salen. Estoy buscando a una muchacha morena. La puerta del local, se abre a una escalera descendente completamente sumergida en la oscuridad. También el portalón de al lado, que pertenece al mismo antro y que también está abierto, se abre a lo negro. La música suena, lenta, suave, poderosa, y sé que mis amigos están abajo, haciendo el amor a compás. Siento envidia. Pienso, “podría estar con ellos, haciendo el amor, si me hubiese trabajado a la morena”. En verdad la morena me gusta. Pienso que podía estar ahora haciendo el amor en la oscuridad con una muchacha morena. Pienso que no entiendo a las mujeres pero que en la oscuridad todos los gatos, también los negros, son pardos. Que cuando hablan los cuerpos se callan los miedos, aunque sé que no es cierto. Llevamos el miedo en la frente, en la garganta, y también en el sexo. Y el valor, naturalmente.

David y la muchacha se levantan cuando me ven regresar. La muchacha se había despedido ya de mí, pero me han esperado los dos. Ahora tiene el pelo rubio recogido y se abraza a él. Se van a montar en la moto. He cogido el primer vidrio que he encontrado en una mesita baja. El mío estaba pegado con una grapa mientras que éste que tengo ahora en mi mano es totalmente liso. No obstante, vacío su contenido en mi gaznate. El vino denso está caliente.

David me enseña una rueda de acordes con su pequeña guitarra eléctrica, roja. Me enseña para qué tipo de distorsión sirve cada uno de los botones. Me dice que me ha visto alguna vez con una guitarra como esa.

 -  No, yo no tengo una guitarra así.

Le voy a decir que mi guitarra es española cuando un tipo al que no miro nos interrumpe. Como yo me interrumpo en mi gesto de no mirarlo. Como me interrumpo ante la ojitos. Como me interrumpo ante la morena. Como me interrumpo ante ti. Interrumpirme me salvó la vida en otro tiempo, y ahora es un hábito. Un vicio. David le pide al tipo que haga una llamada y da tres golpes contra el suelo. David le dice que no va así.

Sí, puede hacerse también la llamada de esa manera.


Voy a decir para justificarme que me enseñaron a hacerlo unos viejos de Jerez, pero David admite de buen grado mi comentario y le da validez ante su alumno. Entonces viene un aire y me lleva.


-¿Dónde están tus amigos?
- No los encuentro, deben de haberse marchado a casa- Lo cierto es que están todos haciendo el amor en la oscuridad.




Es la primera vez que estas crónicas afectan a mi vida social. Así que voy a tener que plantearme el dejarlas. Por ejemplo: varias personas se sorprendieron ayer de verme en el Real sólo porque antier dije que no volvería más a la feria. Qué tontería. Me sorprende que alguien dé crédito a los embustes que digo aquí. Eso sí, para mí, todos son absolutamente verídicos. Tampoco conseguí, al final de la noche, que mujer alguna bailara conmigo por tangos. No las culpo, después de lo que dejé dicho aquí. Y lo asumo de buen grado porque héroe es en puridad el que acepta su destino a sabiendas. Todavía hay una puerta cerrada en mi corazón. Todavía no es el tiempo de abrirla.

Eso sí, por sevillanas me volví a dar un estupendo atracón: la sorpresa de la noche fue para mí Manuela, que decía no acordase de los pasos de las sevillanas. Manuela es una de las personas que más quiero en el mundo porque es la mitad de uno de los cuatro hombres que más quiero en el mundo. Soy muy afortunado de haberlos encontrado. Por suerte, tenía anoche a dos conmigo. Me sentía seguro, en casa, después de mucho tiempo. Manuela baila mejor que las bailaoras profesionales con las que estuve esa misma noche, con perdón. Es una mujer hecha y derecha, claro. Sobre todo por cómo se arrojaba sobre mis brazos en los cierres de cada copla. Qué difícil encontrar una mujer que se arroje así, con esa entrega absoluta, en los brazos de un hombre. De éste hombre.

También volví a bailar, casi fugazmente, con la que ya se está convirtiendo en mi india favorita. La vi bien, tranquila, al lado de su hombre, entregado. Le di un abrazo al hombre, aunque apenas hemos cruzado dos palabras. Para mí, con todo, es un hermano.

Tienes el pelo largo, muy largo. Eso significa que hace mucho tiempo que dejaste de visitar mi cama. Nunca había tenido una amante rubia. Hay un muro entre nosotros. Nosotros, sí, que en tiempos ocupamos el mismo espacio físico. Te veo envejecida y vital. Veo cómo te diviertes, cómo cantas, cómo te ríes, y me gusta. Hay un muro entre tú y yo. Claro que sentí deseos de darte un largo abrazo. Claro que te sentí allí cerca, a menos de un metro, bailando con otro y yo con otra, y sabiendo que un tiempo fuiste mía. Que de entre todas las mujeres que había a mi alrededor, fuiste mía. Pero no voy a derribar este muro. Ese tren ya partió. Tampoco tú quieres que yo lo haga: ¿de qué te serviría un pelele, un hombre sin dignidad? No por tener la razón: te la doy toda. Pero de mi dignidad ya no puedo dar un gramo, porque la perdí muchas veces confundiendo esa debilidad con amor. Ahora no puedo tocarte cuando esa misma mañana me estuve tocando pensando en ti. Eras, hubieses sido, una amante prodigiosa. Fuiste una amante prodigiosa.  

- Me había apostado conmigo mismo que besabas bien.

Tu boca de leche, de crema. Fina y poderosa. Nadie te conocería en mi cama cuando dejas la falsa modestia a los pies del lecho y te haces grande. Cuando la tensión de tu boca, la rabia contenida de tantos años hacia la vida, desaparece. Y tus labios entonces se hacen grandes, hermosos, redondos, serenos, dibujan un círculo perfecto y rodean con una caricia encarnada y cremosa mi boca, mi pecho, mi sexo. Tu boca dulce, lenta, entregada, se demora en una ínfima porción de mi piel. Tienes mucho que dar, y eres una gran mujer, no puedo decir otra cosa. Siento que nuestros caminos se separaran porque yo también tenía ilusiones. Todavía muchas noches, en este relato mismamente, hago juegos de palabras con tu nombre, que me encanta. Si me encanta tu nombre es porque tú me encantas, claro. Quise construir, por vez primera, una relación adulta con una mujer. No es que no entienda a tu niña herida, a la que adoro, como no podía ser menos. Pero no puedo permitirle, ahora no, que rija nuestras vidas. Mi vida. No te abandones, porque no estás sola. La vida ha sido generosa contigo, te ha dado belleza y alegría, y una red familiar densa. Hoy me volveré a tocar recordando lo guapa que estabas ayer. Me aguarda aún una temporada de soledad, de rendir cultos a Onan. Voy a serle fiel a mi corazón.

Todo pasó, este tren ya se fue. Te descubro en la noche y mi corazón permanece tranquilo, sereno, en la porción de albero que la vida me ha entregado hoy. Los borrachos pasan a mi lado y me dicen algo que no entiendo. Nos damos de bruces más tarde, cuando hago una maniobra para bailar con M., en el estrecho espacio de la caseta. “Me alegro de verte”, es lo que dices. Cuando me voy sin despedirme de los puestos de buñuelos te busco con la mirada, me pregunto si no es que venías con C. detrás de mí. Me doy cuenta de que todavía no hay ningún hombre a tu lado. Ojalá lo encuentres, te lo deseo de corazón. Todavía quiero verte, abrazarte. Pero hay un muro que se interpone entre tú y yo y que no me ha permitido darte un abrazo, como era mi deseo. Tan sólo un abrazo. Pero yo no puedo saltar este muro, y lo sé, y lo sabes. Y así, se nos va pasando la vida, construyendo muros y abriendo puertas.

Cuando se fueron mis amigos, mis amigos más queridos, me sentí un poco huérfano, aunque estaba con tres mujeres muy hermosas. Dos de ellas niñas, muy niñas. Y una mujer hecha y derecha. Sólo tiene un defecto, que tiene novio. Hay noches en que compite con la luna en belleza. Está alcanzando la serenidad. También me encontré con la de los ojitos del día de antes, y la dejé correr, pese a todo, aunque no dejó de acosarme con su mirada. Nos vamos construyendo muros. Con nuestras deslealtades, con nuestros miedos. Pero yo he prometido serle fiel a mi corazón. No me quejo de que no bailaran tangos conmigo porque héroe es en puridad el que acepta a sabiendas su destino y sé que todavía hay una puerta cerrada en el muro de mi corazón. He prometido serle fiel a mi corazón.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Postales de feria (II): la peor patá de la historia

La gente imagina cosas, yo no soy responsable.
No voy más a la feria. Ni este año ni el que viene.
Ha sido, en verdad, la peor patá de la historia.

Voy con un niño pequeño de la mano. Y cuando ve a otro, a otra, se siente instintivamente solidario y despierta mis deseos de cuidarlo. De cuidarla. Pero el niño está en un lugar seguro: “tengo en el pecho una jaula, en la jaula dentro un pájaro, el pájaro lleva dentro del pecho un niño cantando, en una jaula, lo que yo canto”: Vicent-A. Prada.

He estado cinco minutos en la confitería, mirando los pasteles. No sabía cual elegir. No sé cuál elegir. Te habrás dado cuenta de algo: desde hace cosa de un mes no tengo paladar. Al principio la dieta fue muy buena, deliciosa. Pero ya estoy harto de la abstinencia. Tan sólo mi amiga F, que además es una de las mujeres de mi vida, me ofreció de madrugada un delicioso postre de despedida. Todavía me mueve, ¡cómo me mueve! Lástima que esté tan lejos: a la vuelta de la esquina. Tú haces un dobladillo con el planeta, y allí está ella. La vida no me sabe a nada. Y, de repente, tengo una explosión emocional brutal, como aquello de la columna vertebral que te contaba ayer.

Fue la que me ofreció una solución, tan amable y benigna como todas las suyas, a mi problema. Mi problema fundamental: “eres un ayudador. Eliges a la persona que quieres salvar”. A los ayudadores no hay quien los aguante, aunque a mí no me va mal el serlo. Mi maestro Jorgito Llano me lo dijo así, y él, que ha salvado de la muerte a tanta gente como la que ha acompañado en ese trance final, no se equivoca nunca. Así que ofrecí mi ayuda, porque me la pidió, a la linda india americana S. Aunque ella es más valiente que Jerónimo y Cochise juntos. “Déjale espacio a tu hombre. Déjale que te cuide, que te de cosas. Tiene mucho que darte. Déjale que te saque a bailar. Es un guerrero. A ningún hombre le gusta que su mujer tenga más huevos que él”. Cuando ella me sacó a bailar, quiero decir que me obligó a bailar, hice un gesto raro, que captó en seguida porque es muy inteligente. Es brillante, también como mujer: el pelo negro, rizado, fuerte. La piel tensa, dorada y metálica. Brocha y zaína. Aunque me violentó su proposición, o mejor dicho imposición, me gustó bailar con ella. Fue con la que más disfruté bailando, porque, en parte, se dejó llevar. Hasta donde se lo permitió el Cochise que lleva dentro. Sé que es una pareja con un gran futuro y así se lo hice saber. Porque los dos saben bailar y, ya lo dijo Sócrates, “nunca des la espada a un mal bailarín”.
         Salto de una cosa a la otra sin solución de continuidad, en una suerte de escritura automática, pero las cosas están así. En realidad estoy durmiendo. Llevo cuatro horas dormido (¿cuatro solo?). Es la peor feria de la historia, quiero decir la peor patá.

Ah, sí, la Maestranza: Morante, dos pases con el capote. Essau, dos orejas en su alternativa, la primera con un toro verdaderamente brillante. El Cid, nada. Estuvo mejor que Morante, claro. Pero nada. Hay muchos que están mejor que Morante todos los días, no tiene ningún mérito.

-         Y ella, ¿es complicada?
-         Ella no, pero ella sí- dije señalando a la francesa. Nunca he hablado con la francesa.
-         Pensaba que me ibas a decir que según tú ninguna mujer era complicada. Sólo los hombres.
-         Por eso te la he indicado a ella.
-         Los hombres son más complicados que las mujeres, por tanto.
-         Los que hay está noche aquí sí lo somos. Por eso no entendemos a las mujeres. No porque vosotras los seáis: tú eres transparente, como mujer. Es el hombre que llevas dentro el que te complica las cosas. Deja salir a la mujer. Tú sabías que tu hombre era complicado cuando lo elegiste. Lucha por él. Emplea tu fuerza en esa lucha. No contra él sino con él. Sé que tiene dudas, las va a tener toda la vida. Y, siempre, miedo. Pero es él más valiente de todos los que estamos aquí. Incluyéndote a ti.
-         Si nunca has cruzado una palabra con él.
-         Lo conozco muy bien, porque es como yo. Sé lo que está pensando ahora mismo, mirándonos hablar con el rabillo del ojo. Es buena persona.
-         Por eso estoy aquí, porque es buena persona. Pero ya le he dado un ultimátum.
-         No luches con él. Deja que te saque a bailar. Ponte una falda. No emplees tu fuerza física enorme en esa dirección. Déjate llevar. Déjate. Mira a tu madre. Toma la alternativa: sé la mujer que eres. Si como hombre eres un morlaco, imagínate lo que puedes ser como mujer. Y los dos juntos, ni te cuento.
-         Mi madre manda, manda mucho.
-         Mira a tu abuela. Estoy seguro de que no aprobaría cómo vas vestida esta noche.
-         Pero si este traje de pantalón es muy lindo.
-         Y negro también. Pareces el segundo de esta la tarde. Mañana ponte una falda de lunares. Y, si puede ser un traje de flamenca, mejor.


Lo que me dijo F: toda la noche me hiciste ojitos. No es que yo sea alguien especial. Se los hiciste a todos. Yo me resistí porque te tengo calada, desde la primera vez que te vi. De hecho, ayer fue la segunda. En mi pueblo tienen un nombre muy feo y explícito para esto. No obstante, ya bien avanzada la madrugada, me dejé caer y te pedí que bailaras conmigo. Me dijiste que sí en la puerta de la caseta, pero no me seguiste. Cómo eres. Cómo serás, que luego, a través de tu amigo mariquita, fuiste tú la que me pediste un baile.
         - ¿No hay ningún hombre que saque a bailar a esta mujer?- Por supuesto que yo era el único hombre presente.
-         Pero si te invité hace un rato, y no quisiste.
-         Ah, sí, no me di cuenta.

Cuando subimos a la tarima pasó lo que tenía que pasar: la música cesó de repente. Me pasó lo mismo con tu amiga, en la caseta de la peña. Por cierto que, cuando me despedí de tu amiga, me dijo su nombre. Yo le respondí:
-         Sé perfectamente como te llamas.
-         Es que, cuando nos encontramos, no te saludo. O a lo mejor eres tú el que no me saluda.
-         Mira que eres mala persona, no saludarme- le espeté sin darle opción a la falsa alternativa que me planteaba.
La gente imagina cosas, yo no tengo la culpa. Bastante tengo con las que imagino yo: ¿puedes creer que todo lo que cuento en este blog creo que ocurrió de verda? Anoche se me olvidó la cámara en casa, así que no hay fotos.


-         Es demasiado tarde querida, han puesto las dos últimas solo porque se lo he pedido al camarero, para bailarlas con la indita linda. Tenías que haber aprovechado cuando te lo pedí antes.
Su amigo se entonó y bailamos una, pero ya la noche estaba muerta. Con todo, la rematé en la penúltima caseta, con mi vuelta por bulerías. No quería irme a dormir sin bailar por bulerías así que cuando el cantaor C. se entonó, salí a bailar. La caseta, bulliciosa, nadie escuchaba. C. no me miró. Yo marqué y me fui y todos apartaron la vista. Fue la peor patá de la historia. La noche estaba ya muerta mucho antes. Cuando empieza a circular la cocaína es que la noche está muerta. Y ahí te dejé, a las claritas del día, haciéndole ojitos a otro que estaba menos cansado.

martes, 3 de mayo de 2011

Postales de feria (I): El día de mi boda

(Sé que todos lo estabais esperando, pero por fin está aquí de nuevo. Vuelve, mejor que nunca, ‘Postales de feria’. Con más amores y desamores, más celos, noches,  manzanilla, pasiones, toros, abandonos, sevillanas, pescaíto, adulterios, rebujito, traiciones, dramas y comedias. Con más japoneses que nunca. Por petición popular, después del enorme éxito obtenido por el serial el año pasado, lo retomo con esta primera entrada).


A la puerta del bar Reyes, al que me dirigí tras la corrida del sábado, para hacer tertulia taurina con los amigos de Conrado, me asaltó una mujer. De unos treinta años, pelirroja, me salió al paso:
-         ¿Quieres casarte conmigo?
-         ¿Esta noche?
-         Anda ya, soso, cásate con ella- me dijo su amiga, igual de ebria que ella, dándome un empujón.

Qué difícil es saberse. Saber lo que quieres comer, cada vez. Estoy cansado. He dormido muy poco en los últimos días: y todavía no ha empezado, oficialmente, la feria. He dado muchas palmas por bulerías. Todo el mundo habla de Manzanares y nadie dice nada de mi corazón vacío de esta noche, de estos días, de aquella tarde en la plaza. Conforme fueron cayendo los cinco toros, caían mis ilusiones. La sangre surgía a borbotones y resbalaba por la pata del animal hasta el albero. Fue en el sexto de la tarde, que se vino tan cerca que se podía oler la hemoglobina. Y mi alma se iba, con mis deseos muertos, a hacerse barro en la arena. 


Por la noche miré los clásicos del desamor y me quedé con Casablanca. Y así, me dormí, conseguí dar una cabezada emborrachándome con Rick.

Estuve inquieto toda la mañana, como siempre que voy a una corrida. Llovió y llovió y mi corazón se alegraba de ver las semillas germinar en el campo de mi recuerdo. Se alegraba de pensar que gracias a la lluvia no tendría que ver el espectáculo de la muerte. No hoy. Los alrededores de la plaza eran un hervidero. Es el ambiente de un día grande. Le doy gracias a mi amigo Conrado, que me facilitó el subir a la grada. Al cielo. Manzanares fue algo único, extraño, que no sé si volveré a ver: el toreo lento, que no se acaba nunca. El toro infinito, que embiste, franco, noble, una y otra vez. No sabía que había toros así. La eternidad en un molinete. La mano baja. El hombre que se detiene justo a las puertas de la muerte para crear lo eterno. Estoy seguro de que a Manzanares no le hubiese importado morir en ese momento. Como me ocurrió la noche que me seguiste. Mi mano marcaba el camino y tu alumbrabas los medios con tu luz. Me ofrecías  una vela encendida.


¿De qué taciturnos labriegos británicos, de qué industriosos sembradores de patatas a la luz de las velas, que pasan la tarde viendo germinar un tubérculo bajo la lluvia, procede tu calma? Esto es una despedida, tú no lo puedes leer. Porque, si no, me quedaría así para siempre. Así de imbécil, digo. Te has ido. No hay otra posibilidad. Pero tengo que agradecerte dos cosas: tu franqueza de esta tarde. Y el haberme hecho resucitar algo que parecía muerto: el deseo, la alegría de saberme vivo. Aquella noche que estuviste mansa y noble, como pensaba yo, en mi ofuscamiento, que no podía serlo una mujer. Pero no hay ofuscamiento que cien años dure y tú me sacaste de él, esa noche. Aunque yo me había enamorado de ti antes, la primera vez que te vi. Eso es una despedida, no mires. Y si por un azar extraño, miras en esta dirección, no eches cuentas. Esto es una despedida, tú y yo somos toro pasado, todo pasado. Esto es una despedida. Conservaré aquel primer encuentro por siempre, los cinco minutos que dura esta vida. Aquella noche de claridad, también. Le agradezco a M. que propiciara, sin proponérselo, nuestro encuentro. Aunque éste se iba a producir tarde o temprano, porque en estas cosas es la columna vertebral la que manda, le agradezco que te pusiera en mi camino. Frente a mí. Esto es una despedida, y ya va para larga. Pero aquella noche no acabará nunca. Como la faena de Manzanares.

Hay un momento en el que la columna vertebral, mi columna vertebral, toma el mando. Los chorros de adrenalina surgieron con la faena de muleta de Morante, esa es la realidad. Los toreros se movían sobre la arena como lo que son, profesionales de la muerte, diligentes siervos del más allá, de la nada. Mientras en mi corazón iba muriendo el amor de ti. Esa misma tarde me diste, una tras otra, todas las calabazas que cultivaron tus antepasados en los campos del Midlands. Claro que, porque me dieras calabazas, no voy a decir que eres una hija de la Gran Bretaña. Tampoco es eso. De hecho me cuesta verte. Porque te amo. Entre mis ojos y el ser humano que eres se interpone el velo del amor. Es extraño, al mismo tiempo hermoso y lamentable, pero nunca te veré. Nunca sabré la mujer que eres. Cuando mire hacia atrás no veré tu recuerdo sino la imagen que mi deseo se formó de ti. Te veré, por siempre, con los ojos de los dioses. Seré un dios por ti. Un dios que galopa por las dehesas del desconsuelo, pastueño. Aunque yo lo que deseo, y ya no va a ocurrir, es verte con los ojos de un hombre, del hombre que soy. Ver la mujer que eres. No me interesan las diosas, no me gusta acariciar el mármol: ¿de qué material estás hecha? No lo sabré, ya. Yo entré francamente a matar. La primera vez que vi tu señuelo rojear por la red, entré a matar. Te me habías escapado demasiadas veces. Te llamé con el corazón saliéndome por la boca. Soy un adolescente, pensé. Soy un hombre enamorado. Sé que lo nuestro era complicado. Sé, tú me lo dijiste, que lo nuestro no será. Me lo dijeron mis amigos, que era muy complicado: que eres demasiado joven para mí, y yo no tengo dinero. Me hiciste el quite de no coger el teléfono.


Pero ahí estuve de nuevo, entrando a matar. Siento haberlo hecho así. Me gusta mirar a la muerte cara a cara. Pero no podía dejarte escapar, otra vez. Necesitaba que me dieras la vida o la muerte. Elegiste la segunda. Estuve más bravo que Arrojado, y sin embargo fue él el indultado. Seguiremos viviendo, bebiendo. Y lo que creó mi fantasía, con la ayuda del deseo, quedará en mi pecho para siempre. Los cinco minutos que dura esta vida. La eternidad. Dicen que el toreo es un arte efímero pero, desde el punto de vista de los dioses, de los hombres que se fueron, todo arte es efímero, hasta el brillar del sol. Era muy difícil, ¿para qué complicarse la vida cinco minutos? Sé que era muy difícil, más todavía de lo habitual. Pero, ¿qué es lo habitual, querida? Si lo raro es vivir. No te pedí explicaciones, en todo caso. ¿Qué explicación es que mi columna se apodere de mi voluntad la segunda vez que te veo? La primera estabas lejos, sobre el escenario. Me gustaron tus formas, tu arte. Pienso que puedes ser aún más inglesa, que lo serás. Que así serás más tú y bailarás mejor. Flamenco. Pero tus formas, ay, tus formas, me encandilaron. Como me gustan otras, otros artistas. Pero la primera fue, en realidad, la segunda vez. La primera que vi tu mirada, tu hombro desnudo: la serenidad profunda de tus ojos, la trasparencia de tu piel. Sé más inglesa, es lo único que puedo decirte. Por lo demás, sabes que me enamoré la primera vez que te vi. Ahora te digo adiós. Y sólo me consuela, más aún que compartir la pena con Rick, el acordarme del día de mi boda.


Imágenes: 1. Manzanares con Arrojado. 2. A hombros por la Puerta del Príncipe. 3. Dando la vuelta al ruedo con el ganadero Núñez del Cubillo y dos orejas que no eran de Arrojado sino mías. 4. Rick, poniéndose ciego para olvidar a Ilsa. 5. Morante en el segundo de la tarde. 6. El día de mi boda.

sábado, 23 de abril de 2011

Flamencas de Holanda (y X): la muchacha dorada

La muchacha dorada no va a ningún sitio. La razón es que quiere llegar a todos, y al mismo tiempo. Le pierden los planes, los planes alternativos. La confunde la noche, y el día. No sabe lo que le conviene. Cree siempre que la vida está en otra parte y corre enloquecida en pos de la  misma sin saber que, siempre, la deja a sus espaldas.

En Rótterdam me hizo una pregunta muy concreta mientras me estaba lavando las manos. Y cuando yo, secándome, iniciaba mi respuesta, me pidió disculpas y me dijo “ahora mismito me lo cuentas” para irse detrás de un famoso guitarrista que actuaba esa noche y que acababa de pasar por el corredor del teatro. Comprendí que es una recién llegada y que todavía anda buscando quien le dé abrigo. No comprende que nadie va a ayudarle si no halla un poco de la serenidad que habita en el fondo, muy en el fondo, de su corazón.

Con todo, quise agradecerle su gentileza de llevarme a Rótterdam, y la invité a un concierto. Llegó tarde. Paseamos y hablamos. Habló de sus desavenencias amorosas. Me provoca ansiedad esta mujer cuyo tren de pensamiento no cesa nunca y tiene línea inmediata con su lengua. Me dijo su edad y me sorprendió. No la creí, aunque ella sí se creyó. Pero las arrugas de su frente, la desesperación de su mirada, la desmienten. Eso sí, su culo va a su favor. Al cruzar el paso de cebra la dejé pasar delante de mí y le miré sin disimulo las piernas. Tenía la falda corta y el culo pequeño. Es una cosa sorprendente, los culos de las mujeres holandesas. Sorprendentemente pequeños, comparados con los generosos culos del sur, que crecen y crecen sin cesar con los años. Será parte del proceso de masculinización de la mujer holandesa. La muchacha dorada es una mujer alta, elegante, estilizada sobre su tacón. Tiene, sin embargo, una energía chunga para mí. Me provoca ansiedad, fuertemente marcada en la mirada preocupada, decepcionada, desesperada, que no cesa de buscar. En un miedo que no se conoce. Cree que la vida está allí, detrás de la línea del horizonte. Cuando salimos del café, se puso a mi derecha y se cogió de mi brazo. Ese gesto me gustó. Llegué al teatro presumiendo de rubia ante mis amigos y conocidos. Sentí la debilidad vanidosa de llevar a una mujer hermosa del brazo. En el hall del teatro seguí fardando cuando de repente mis ojos la vieron. Era C. Tuvimos nuestro mes de pasión. Me asaltó y me dejé asaltar. Habíamos cortado una mañana de sábado, al sol. El hecho de ir con la muchacha dorada me dio fuerzas ante C., aquella noche. “No estoy solo, no eres la única. Jódete por lo que te perdiste”, eso fue lo que pensó mi desolación, el niño abandonado que alguna vez fui. C. hizo un amago de silencio estratégico. Así fue. La noche del verbo incontenible fue, para equilibrar, también la de los silencios estratégicos. El culo gordo. En el recital estuve apático y cansado, muy cansado. Incluso bostecé un par de veces. La muchacha dorada sintió frío y le di mi bufanda. Quería darle también la chaqueta pero no me atreví. Pensé que la había juzgado mal y que podía tomarme en serio su invitación de acogerme en su ciudad, en mi próxima visita de primavera, que antes había dejado pasar con un ligero capotazo. Estuvo todo el concierto mesándose el cabello, en un gesto mecánico y neurótico. Muchacha, podrías aprender tanto de tu paisana la lechera ..., de su mística concentración en la mínima tarea de verter la leche en el recipiente de barro. Hay tanta verdad en esta fantasía y tanta fantasía irreal en esta verdad de carne y hueso que estuvo dos horas sentada a mi lado sin parar de moverse, sin dejarse.

A la salida encontró a un conocido y mientras hablaban, infatigablemente, yo, fatigado como estaba, me fui a mear. Me tenía que ir a trabajar después del concierto. No obstante tenía ganas de despedirme, concretar los detalles de su invitación ... invitarla a acompañarme hasta la puerta del periódico. No fue posible. Cuando ella estaba hablando con sus amigos, C. volvió a la carga. Me asaltó, me preguntó por nuestra última e íntima conversación y yo le dije que no era el lugar. Usó tres o cuatro de sus silencios estratégicos, esos que le han servido para desarmar y esclavizar a sus hombres. Vale, me sentí incómodo, pero no le sirvió de nada. En realidad nunca le han servido de nada, sino para joderse la vida y jodérsela a los demás. Eso sí, con el orgullo satisfecho de haber vencido a todos los hombres con los que se ha cruzado, incluyendo los de su familia ... En ese momento me sentí enormemente cansado y con ganas de irme a trabajar. De estar a solas con mis lectores. En uno de sus silencios le dije que me tenía que ir al cuarto de baño, que no era el lugar ni el momento. Que ya nos llamaríamos a sabiendas de que no lo íbamos a hacer, de que lo nuestro es imposible, de que el orgullo, el maldito orgullo ...; pero fue lindo mientras duró. Muy hermoso. Y se acabó. Me fui a mear.



Cuando salgo, la muchacha dorada y sus amigos han desaparecido. Deambulo un rato por el hall y luego en la calle. No la encuentro. Los trabajadores cierran las puertas del teatro. Voy de un flanco a otro del edificio cerrado. Me encuentro a un par de conocidos. Cuando M. F., que ha sido una de las estrellas del espectáculo, se para a saludarme, me llama ‘Banquero’, por el vídeo que podéis ver aquí, a la derecha. Una muchacha de ojos oscuros desliza su mano en la mía, pero no llegan a encontrarse, porque yo aparto instintivamente la mano. En otra época sus ojos oscuros me fascinaron. Ahora veo el devastador paso del tiempo, de la desilusión, en su rostro hinchado y siento una gran congoja. Con todo le digo que sí, que nos vemos cuando ella quiera. Sé que ya ha pasado demasiado tiempo de espera. Sé que me va a devorar. Llamo a la muchacha dorada y rechaza mi llamada. Me voy camino del periódico. Conforme me voy acercando me cabreo más. Confirmo que las primeras impresiones son siempre las que valen. También pienso en C. y en la inutilidad de sus silencios estratégicos. Pienso en tantos hombres, yo mismo, que se han precipitado por ellos como agua de lluvia por los sumideros. Y así, vistos de cerca, son ridículos. Llego al periódico y, antes de ponerme a trabajar, pongo el teléfono en silencio. Justo entonces veo que la muchacha dorada me está llamando.

Madrugá en Sevilla

Día maravilloso en la ciudad. Lo sagrado ha tomado la palabra. La naturaleza muestra su poder sobre los edificios, las casas, las calles. La verde esperanza de los labriegos se traslada a la urbe. La naturaleza y su poder, inasible para el hombre. Las canales golpean contra la tela impermeable en un tumulto más atronador que los tambores de Calanda. Las calles son ríos, las avenidas océanos. De repente, el silencio. Los adoquines son espejos que reflejan un mundo. No un espejo al borde del camino sino muchos espejos en el camino. Lujuria de agua caliente. Mi coche refleja los rayos del sol. No queda un resto del polvo de la sierra que lo envolvía ayer. Llego a casa empapado y feliz. Lo que para otros fue un calvario para mí, labriego al fin, aunque trasplantado a la ciudad, representa la esperanza en la concepción de la tierra. En el cielo vemos la mañana que alimentará a nuestros hijos.

miércoles, 20 de abril de 2011

Soleares para el baile de L.

I. El hilo de Ariadna



A veces crema,
a veces piedra.

Lo que sé de L.
es que está dentro de mí.
Extrañamente.

Lo que sé de L. es
lo que no quiero decir
por no asustarla.

Lo que hay dentro de mí:
que el día es gris
esta verde primavera,
y mi frente está arrugada.
En guerra conmigo,
buscando una estrategia.
En guerra con mis hombres
por no asustarla.

Que en la punta de sus dedos
tiene un finísimo hilo
de oro
que está deseando salir.

También el miedo:
a que yo hable.
Por mi parte.
Por su parte.

Por los sueños sin cumplir,
por los sueños sin soñar:
que te tuve una noche,
una tarde, una madrugada.

Que en la punta de sus dedos
un hilo dorado
conduce a la inmortalidad.

Es lo que no quiero expresar
por no asustarla.



II. Toro verde de primavera.

¿Qué cosa eres tú?
¿Eres un regalo del cielo?
¿Eres la encarnación de mi deseo?
¿Eres una fantasía
o una realidad?
¿Eres un fantasma
o te puedo tocar, esta noche?
Te podré tocar.

A veces piedra,
a veces crema.

¿Eres una mujer clara
o un ensueño turbio
creado por mi puro deseo?

Eres ambas cosas
y no eres nada.
Pero a veces,
es extraño porque no te conozco,
lo eres todo.

Conozco lo suficiente:
que en ocasiones ríes
y otras lloras.
Sé la música de tu voz,
no quiero saber más.
Sé que eres dura contigo,
Es decir con los otros,
Y amable conmigo.
No quiero saber más.

A veces eres dura.
No quiero saber más.

Tan sólo si
ésta u otra noche
te podré tocar.
Para creer,
para creer más.

Siempre crema.

Te creo tanto,
te quiero tanto,
porque creo en mí.
Te creo.
Creo.
Toro verde en la primavera.

lunes, 18 de abril de 2011

Flamencas de Holanda (IX): Anne Frank

La casa son apenas dos habitaciones alargadas y muy estrechas, apenas dos cajas de zapatos, sumidas en la penumbra de unas lámparas titubeantes. El papel de la pared es parte del original de los años 40. La casa está desolada porque la Gestapo se llevó los muebles. ¿Para qué necesitaba el Führer dos mesas, dos divanes y una cama estrecha? Lo más asombroso, lo más terrible, lo que más me impresiona son las imágenes recortadas de Ray Milland, Ginger Rogers y la divina, Greta. Anne buscaba la luz de las estrellas que iluminaran su sombra. Era una niña. Esa luz de cotidianeidad, de familiaridad. De proximidad: amaba las mismas películas, tenía los mismos sueños que nosotros, que cualquiera.



Era el 13º cumpleaños de mi hermana. Yo tendría 10, por tanto. Sus amigas le regalaron un libro. Yo cogí el libro, me lo puse en la cabeza y caminé de esta guisa por el patio de mi casa, por el estrecho espacio que dejaban las exuberantes macetas que mi madre coleccionaba. Percibí la cara de fastidio de mi hermana. No debía ser agradable para ella tener a su hermano pequeño en la fiesta de su 13º cumpleaños. Yo sólo quería divertir a sus amigas. Me gustaban todas. Ellas protagonizaron mis primeros ensueños eróticos. Sobre todo los sábados por la mañana. Yo me despertaba pero permanecía un rato en la cama, puesto que no tenía que ir al colegio. Pero mi hermana llegaba con la radio, los 40 principales a toda leche, y la escoba para limpiar. Yo me revolvía en el lecho y esto era lo que soñaba: sentía que tenía un reloj en la muñeca. Soñaba que B. llegaba a casa en busca de mi hermana. B. tenía dos años más que yo y un culo espléndido, que me hacía soñar, a sus 13 años. A mis 10. Todavía recuerdo la forma exacta de su trasero, bajo aquellos estrechos pantaloncitos cortosde entonces, que ahora están otra vez de moda. Era una niña llena de vida y deseos. Ahora una sombra le cruza la mirada. Es una mujer, madre, profesional liberal. Y un velo le cubre el timbre de la voz, la deja en sordina. Mira a la vida, me mira, desde el fondo de sus ojos en sombra: es la marca inequívoca de los antidepresivos.

Pero vayamos con el sueño: ella iba en busca de mi hermana que estaba limpiando su habitación. Charlaban de cosas intranscendentes y yo me hacía el dormido. De repente ella quería saber la hora. Tenía una urgencia arrebatadora por mirar el reloj. Y  yo, como sabéis, tenía un reloj en mi muñeca. Pero mi mano estaba, estratégicamente, entre mis piernas. De manera que ella metía la suya entre las mías, buscando el reloj. Y, claro está, me rozaba los genitales. Así descubrí el placer, el temblor absoluto del orgasmo. Así me iba en las tardes de la primavera a ver irse el sol y a tocarme, encaramado en un olivo, pensando en B. Son sueños de adolescentes. Historias de chicas, vistas por un adolescente algo petulante.

Mi hermana no leyó nunca aquel libro. Yo lo hice. No recuerdo la portada. Sin duda sería un expresivo dibujo de un campo de concentración, con una alambrada de espinos, una torre de vigilancia y una niña llorosa. Es una de las imágenes más extendidas del holocausto judío, pese a que semejante escenario jamás aparece en la obra. Salvo en la imaginación del lector, en el imaginario colectivo. Era la colección Reno, de Plaza y Janés, de los setenta, caracterizada por sus impactantes sobre-cubiertas. Lo que recuerdo es que, debajo de la sobrecubierta, había un austero libro blanco con el título en gris: ‘Diario’. Las páginas, grises, se desencuadernaron en pocos días. La autora era la niña Ana Frank. El papel de los setenta apenas tenía consistencia para sostener la tinta, que resistía como podía en la página turbia, amarillenta.

No debí acabar el libro entonces porque yo sólo recordaba de su contenido algunas historias de chicos vistas por una adolescente algo petulante. Tampoco sabía quién era Kitty, que es el nombre que Anne dio a su diario, personalizándolo, feminizándolo y haciéndolo así su confesor, su confesora y su cómplice. Su mejor amiga, esa que creía no tener, que todos los adolescentes creemos no tener porque esperan de la vida otra cosa que no es la vida. Que es algo más pequeño que la vida, aunque parezca más grande en nuestra turbia imaginación. ¿Te imaginas que la vida se adaptara a nuestros deseos, a nuestros sueños? Qué pesadilla. Su sueño de niña rica. Pero el aliento de la persecución y la muerte estaba presente. Y la vida. El deseo de luz. Me asombra el gusto holandés por las sombras. La judía alemana Anne quería luz en su casa en sombras del barrio de Joordam: no podían abrir las ventanas de la Casa de Atrás, para no ser descubiertos por los vecinos. Las ventanas estaban cubiertas por telas negras. Las desteñidas figuras del papel de la pared. Y, sobre todo, la sombra. Y, frente a la sombra, la luz de las estrellas (Garbo, Milland, Rogers), la luz de una muchacha que quería ser artista, estrella. Escritora. Y lo fue. Algunas de las obras maestras de la literatura son obras de circunstancias, aunque sean las terribles circunstancias de este diario. Harold Bloom no lo incluye en su canon, pero toda la literatura, pedante, oscura, insufrible, del siglo XX, empalidece ante esta obra maestra de una niña de 13 años. De 14. De 15. En mayo el primer beso y en agosto la detención. En septiembre el campo de concentración y más tarde la muerte. En el desván lloré en silencio, en soledad, viendo las imágenes filmadas por los soldados británicos tras la liberación del campo de Bergen-Belsen. Mi temprana lectura de esta obra marcó mi gusto por este tipo de literatura testimonial. O quizá tiene que ver con la historia de mi abuelo. Al fin y al cabo soy nieto de los que perdieron la guerra. Sólo que la ganaron, el 75.  En el 81. Como dice Moraíto en el documental ‘Goede zang doet Pijn’, que firman Martijn van Beenen y Ernestina van de Noort, estrenado en esta III Bienal de Holanda, “el dolor también nos hace fuertes”. Extraño destino el de la cultura judía. Pienso que otros que no fueran judíos no hubiesen podido sobrevivir dos años en estas jaulas oscuras, cajas de zapatos, agujeros de cuatro metros cuadrados, para ocho personas. Como buenos judíos, me piden un donativo a la salida del museo de la ‘Anne Frank Huis’. La entrada al museo ya cuesta ocho euros.

Por ejemplo ‘Prisionera de Hitler y Stalin’ de Margarete Buber-Neumann. Es una obra desoladora y vital. Es la necesidad del ser humano de buscar luz en las sombras. Pero el final del libro, cuando el estado nazi y sus campos de concentración se desmoronan, cuando Margarete es libre en mitad del caos más absoluto, la destrucción y el hambre, y los rusos están a menos de cinco quilómetros de Ravensbrück. De caer bajo su poder volvería a Siberia. La parte en la que Buber-Neumann describe como recorrió, de un frente a otro, desde los rusos hasta los aliados, una Alemania desolada, es brutal. Como se encuentra con sus antiguos verdugos disfrazados de seres humanos, de anónimos ciudadanos. O, incluso, de víctimas. Bueno, si no tenían alma cuando eran verdugos, porqué la habían de recuperar para huir de sus víctimas, las pocas que sobrevivieron. Cómo Margarete logra, al fin, la libertad, cruzando el río, sobornando a los guardias. Buber-Neumann sobrevivió a la más atroz, inhumana, de las epidemias que han asolado al ser humano: la intolerancia, el racismo, la fe en la supremacía de una raza, el desprecio por la dignidad y la vida de los semejantes. El desprecio por los otros que es desprecio por nosotros, por lo que no nos gusta de nosotros. Eso que creemos que son debilidades y a veces es nuestra única grandeza. El desprecio por la dignidad humana. Margarete vivió para contarlo. Anne, sin embargo, murió en el campo de concentración de Bergen-Belsen, aunque también vivió para contarlo. Quizá todo esto tenga que ver con mi abuelo, y el año que pasó en un campo de concentración tras la guerra civil. Es una historia que nadie me ha contado.

Yo no soy de esta tierra
Ni conozco a nadie;
El que lo haga bien con mis niños
Que Dios se lo pague.

(Seguiriya, atribuida al Loco Mateo).

Antonio Muñoz Molina señala que lo más asombroso de Margarete Buber-Neumann es el estilo notarial, testimonial, de su obra, en la que todo juicio queda excluido. Margarete sobrevivió a Ravensbrück donde su amada Milena Jesenká sucumbió. En el barrio de los museos de Ámsterdam hay un monumento a las mujeres que murieron y que sobrevivieron a Ravensbrück.


Fotos: 

1. En la casa de Anna Frank.
2. Esta es la fachada del almacén de negocio de compotas y conservantes vegetales de Otto Frank. En la parte posterior, detrás de una estantería, estaba la Casa de Antrás, en la que la familia Frank vivió dos años y pico, con los Van Pels (Auguste, Hermann y Peter) y Fritz Pfeffer. En la mañana del 4 de agosto de 1944 la Gestapo irrumpió en el escondite apresando a todos sus moradores y a los cuidadores de los mismos, Kluger y Kleiman. Estos últimos fueron liberados. Los escondidos acabaron todos en campos de concentración siendo Otto Frank, el padre de Anne, el único superviviente.
3. Esta edición del ‘Diario’ se puede adquirir en la Anne Frank hois por el módico precio del 9,95. Se trata de una versión, un extracto de los escritos de su autora, sin la censura que Otto Frank impuso en la primera edición de la obra.

domingo, 20 de marzo de 2011

La Corchuela

Todo está seco, aunque no ha parado de llover en los últimos días. No ha parado de llover. No para de llover: son las últimas gotas, pero quién sabe hasta cuando permanecerán. Todo está seco. Los colores están deslucidos. La tierra está seca porque no es tierra, sino piedras, chinos. Somos felices y una sombra pesa en nuestro corazón, el de los dos. Aunque nosotros estamos muertos (entiéndeme, no tú ni yo, sino nosotros) nuestro corazón sigue latiendo. También la alegría del descubrimiento de nuestro pasado común, en la admiración, distante pero común, de una querida canción, ‘Los trenes de Tozeur’, que nos va a acompañar toda la vida. Hace poco he sentido el vértigo sereno de asomarme a tu pozo, lo que hay en el fondo de tus ojos. He mirado a lo profundo de la tierra y lo que he visto es esto: un círculo de fuego en movimiento, una espiral roja, lenta, serena e imparable. Sigue ahí, delante de mis ojos, toda la vida. Un movimiento sereno. Todo está seco porque tú y yo estamos vacíos. Ya no podemos llorar más, ya no podemos moquear más. Es la gripe y es esta extraña naturaleza periurbana. Has conducido con tanta habilidad, como siempre. Aunque pasé miedo cuando entraste en el parque de La Corchuela a pesar de mi advertencia. Te dije que en el letrero ponía, claramente, “prohibido el paso”. Has estacionado el coche, con un ruido seco del caucho al resbalar sobre los chinos, debajo de un pino que conoce el asfalto tan bien como yo. Mejor: yo nací en la tierra, en una tierra muy parecida a la tuya. Luego vino el descubrimiento de la canción de Franco Battiato y ahora estamos aquí solos y vacíos. Cada uno solo y cada uno vacío. No decimos nada. Si nos preguntan diremos que somos felices. Si me pregunto a mí mismo digo: “soy feliz”. Y lo soy, como nunca lo había sido. Nunca había hecho el amor así, con ese vértigo. Con el deseo y la esperanza de fecundarte. Ha llovido, ha llovido sin parar, pero todo está seco. Hemos hecho el amor como posesos con el propósito de quedar en estado. Si nos preguntan, diremos que somos felices. Y todo está seco. A lo mejor porque es domingo por la tarde. No he vivido un domingo por la tarde que no me haya dado esta sensación. Todavía. Kafka no podía escribir, los domingos por la tarde, si pensaba que algún día, alguien, no millones de personas sino una sola persona, iba a leer lo escrito. Escribo que todo está seco y no sé si vas a leerlo. No sé si alguien va a leerlo. Pero desde esa consciencia ya no escribo sereno. Con la misma serenidad. Quiero transformar mi visión de ayer, en mi clase mensual de Feldenkrais, en un relato corto que presentar a un concurso. A un editor. Decir la verdad me viene bien. Fritz Perls fue el que me enseñó a decir la verdad en literatura. Dijo, “puedo haceros a todos escritores de obras maestras con una sola frase: decid la verdad”. Decir la verdad es difícil. Pero decirla me hace bien. Y aumenta mi cuenta corriente, el número de palabras que integran este relato. Aumenta mi felicidad hoy, cuatro o cinco años después. Cuatro o cinco años después tu vientre ha sido fecundo para un hombre de pelo blanco. Nos separamos, aunque no esa tarde en La Corchuela. O sí. ¿Qué sentí para sentir que estaba vacío, seco? Sentí que vivir contigo no era ninguna bicoca. Luego vino otra mujer que no eras tú, tan bella o más aún que tú, y que se fue con otro hombre, todo un hombre, de pelo blanco. Yo tengo el pelo pleno y bruno (no es verdad, Fritz, pero queda mejor que decir que lo tengo castaño), pese a alguna cana, y estoy aquí sólo delante del ordenador. Y soy más feliz que aquella tarde en La Corchuela. Hoy todo está amortiguado. Empecé místico, con ‘Los trenes de Tozeur’, y acabo (¿ya acabo?) prosaico, con La Corchuela. Si me hubiesen preguntado aquella tarde en Dos Hermanas cuanto tiempo vivirías conmigo hubiese contestado sin dudarlo que toda una vida. Toda la vida fueron dos años. Dos años, más que toda una vida. Y ese vértigo maravilloso, ese pozo sin fondo que había en tu vientre pendiente de mi semen. Aquella tarde todo estaba seco y, mirando a los trenes de Tozeur, emprendimos caminos distintos. Yo me fui al desierto a mirar trenes. Y es que la tierra de donde vengo es un desierto por el que circulan aún más despacio lentos trenes que se detienen en estaciones abandonadas. Uno siempre vuelve al lugar que lo vio nacer: la desolación en mi caso, en mi casa. Por tu parte, te internaste en los bosques aún más frondosos del norte. Battiato nos devuelve a la adolescencia y a esa comunión que hubo entre tú y yo quince o veinte años antes de conocernos. En este vacío surgen las palabras sin pretensiones, sin mirar a los miembros del jurado ni al público, si lo hubiere. Las palabras surgen sin estridencias, sin deseo, sin intención de seducir. Ahora lo sé, porque me quisiste. No me quisiste porque fuera más hombre (no se puede ser más hombre siendo un hombre que un hombre), o más guapo o más joven que el del pelo blanco. Me quisiste, me quieres, porque soy yo. No porque escriba bien, porque hable bien. Porque haga bien el amor. Nadie lo hace como tú, esa es la verdad. Aunque no fue suficiente. Nunca lo es, por lo visto por mí hasta hoy, 20 de marzo de 2011, y yo no tengo que fechar el documento. No se te olvide el sol en lo que dices ni el pitido lejano del vecindario. Hoy no puedo hacer el amor como entonces porque nada me estremece ni me golpea. Todo está seco y amortiguado y soy feliz. Mi corazón revestido por la tierra de corcho. Si no temiera tu mueca sarcástica le pondría tu nombre a este relato, aunque solo fuera ese nombre que usábamos en la intimidad y que no quiero recordar para no avergonzarte, y ‘Los trenes de Tozeur’ ya es el nombre de una estación de Franco Battiato. También quisiera nombrarlo con el título en español de la película mejor que Bergman-Rosselini hicieron juntos, pero eso lo sabes bien tú bien mi bien. Pero no, no parezca que esto es la versión de la versión de Kiarostami.



En el desierto, viendo pasar trenes.



















Nota: Este relato ha sufrido: - 1ª revisión: domingo, 20 de marzo a las 17,03.
                                                 - 2ª revisión (foto): domingo, 20 de marzo a las 21,50.  
                                                  - 3ª revisión: miércoles, 23 de marzo a las 10,59.

viernes, 18 de marzo de 2011

Flamencas de Holanda (VIII): P. de Budapest y otras drogas

El bar del Hotel Lloyd más bien parecía una discoteca. Ha sido uno de los tópicos de este viaje: quedar todos los días en el bar ... y no encontrar a nadie en el bar. De hecho, no me he tomado ni una cerveza en el bar. Tenía la música muy alta, los asientos de cuero rojo, y una bola de esas de discoteca dando vueltas. La verdad es que no era un sitio muy cómodo. Todas las noches entraba a mirar, porque todas las noches había quedado con alguien para tomar una cerveza. Siempre estaba vacío. No había ni camareros.

La segunda vez que fui al barrio rojo estaba acompañado. Estaba Javier, Diego del Morao, El Grilo y el famoso bailaor sevillano G. H. En la primera visita estuve tranquilo, sorprendido y hasta emocionado, pero tranquilo. En esta segunda no tanto. No sabía cuales eran las intenciones de mis acompañantes. La verdad es que no he pagado nunca por sexo. El barrio rojo no provocaba en mí ningún tipo de excitación. Al menos sexual. O sí. Detrás del puro escaparate en el que estaban las muchachas vislumbro una cama de un metro de ancho y un bidet. Algunas chicas están preparándose para la noche, afinan sus instrumentos de trabajo en forma de largas caricias, estiramientos y polvos en la piel para excitar el deseo. A lo mejor soy un moralista. Pero en ningún momento sentí deseo, sino vértigo. Y eso que algunas chicas son muy hermosas. Y bailan bien. Javier nos conduce por los callejones más estrechos y en un momento dado pasamos por un largo pasillo rojo. Allí hay una muchacha que nos corta el paso y nos enseña su hermoso pandero, inclinándose hasta coger sus propios pies a manos llenas. Parece una bailarina. Es una bailarina. Es muy flexible. La tenue luz roja del pasaje se hace llama en su pandero enhiesto. Es un faro de la noche. Habla. Muestra. Seduce. Javier habla con ella, le dice, en castellano, que es muy hermosa. Yo me siento un tonto con mi guía de Holanda en la mano. Son 50 euros. Es de Hungría, de Budapest. No tendrá 20 años. Cuando salimos respiro aliviado. Está claro que soy un puritano. O quizá es que me apetece y no me atrevo a confesármelo a mí mismo. La chica era un sueño, a pesar de las tetas siliconadas.

Entramos en un bar muy viejo (1689 dice en la fachada) y tomamos unos chupitos de ginebra. La copa es pequeña y ancha en su parte superior, de manera que el primer sorbo hay que tomarlo directamente sobre la barra, sin coger la copa, porque está tan llena que se derramaría la mayor parte de su contenido. El camarero tiene un arte enorme para servir hasta el mismísimo borde de la copa. 

De porros nada. El último día, camino de vuelta del Hotel LLoyd, F. H. me ofreció un par de caladas de una marihuana buenísima que habían comprado en el barrio rojo por la tarde. Aunque yo estaba sumido en la conversación.


Ilustraciones: 1. Fachadad el bar Fockink. 2. He aquí la fecha de inauguración del local. 3. Con Diego del Morao, El Grilo y Javier y tres hermosos panderos, en el Café de La Habana de Ámsterdam.

lunes, 7 de marzo de 2011

Atlas de Geografía Flamenca

Atlas de Geografía Flamenca


(Dedicado a todos los festivales de la geografía flamenca y en especial a La Unión, Jerez y la Bienal, por su hospitalidad y entrega)




Nos conocimos en Jerez.
Nos quisimos junto al mar
una tarde, fue (en) La Unión.
Nos veremos en la Bienal.


Amores furtivos
en los festivales,
pares y nones
me da quien tú sabes.


No hay quien te entienda
ni te comprenda,
me dices que sí
dándote la vuelta.

Cuando yo ya me voy
tú me dices “venga”.


Porque tú me querías,
yo me vine para Utrera
no lo hago más en la vía.

Yo me vine para Utrera
y tú te vas con otro,
prima, por la carretera.

Con otro te ví
por la carretera,
y el gachó, alma mía,
te metió la lengua.

Papando moscas
me quedé en la acera.

Si lo llego a saber
no llego a Utrera.
Si yo lo sé antes
se viene tu abuela.

Y encima el potaje
me produjo ardentera.


Quise darte mostachón,
pero en vez de venir a Utrera
tú te fuiste pa Morón.
Te gusta más el gazpacho,
mucho más que el mostachón.


Que disparate, que disparate,
en la caracolá
solo me dejaste.
Estuve más lento
que la soleá de Perrate.
Vaya tontería,
venir a buscarte.


A ti te llaman la bella
porque no has dejao un flamenco vivo
en el festival de Ciutat Vella.

Nos conocimos en Jerez.
Nos amamos al lao del mar
una tarde, fue en La Unión.
Lo dejamos en la Bienal.


No, que ...
fue en la Puebla de Cazalla,
a la otra le eché vino,
a ti te di calabazas.
A la otra le di vino
y te dije “que te vayas”.
Que rato más bueno echamos,
vaya un tío tan canalla.
Ay, qué bonita estabas
apoyá contra la valla.


En el festival de Jerez
me crucé con tu marío
en el ascensor del hotel.
Yo debajo y tu subida
hasta que dieron las tres.
Yo bajaba, él subía,
por tu corazón en Jerez.
El amor multiplicamos
por la tablita del tres.


En Jerez estabas sola,
han pasado cuatro meses,
en Sevilla te enamoras.
Has contado ciento veinte,
ya no quieres dormir sola.


Porque tú quieres a otro
yo estoy rabiando.
Toíta la noche en vela,
puesta la radio,
por no escuchar tu cama
traqueteando.
Tra, tra .., que te ando.
¿Quién me mandaría cogerme
el cuartito, prima, de al lado?

Amores y celos
en los festivales,
pares y más nones
me da quien tú sabes.
Ya lo tiene claro
ya no me da más pares.


Nos conocimos en Jerez
nos amamos junto al mar,
y a los tres o cuatro meses
nos volvimos a encontrar.

Pero ya no estabas sola,
cambiaste de voluntad.


Nos conocimos en Jerez
nos quisimos junto al mar.
En La Unión te prometiste,
te casaste en La Bienal.


Amores furtivos
en los festivales.
Besarte un ratito
me ahuyenta los males.

viernes, 25 de febrero de 2011

Flamencas de Holanda (VII): Nosotros tres

Nosotros tres


Quisiera contarlo en tercera persona.
Y no decir,

“En el sueño de hoy
he estado contigo”.

Poder decir,
“En el sueño de la vigilia de hoy,
he vuelto a estar con ella.

Aquella mañana en los bosques del este.

Hacía sol y frío, y nieve.
Había frío, el frío de la noche, del arroyo,
en sus manos.

Había frío,
el frío de las paredes grises de su infancia,
en su corazón.

Quisiera decir que ella se fue
y tú te quedaste.
Pero os fuisteis las dos.

Es lo mejor para los tres,
ahora lo sé.


No te diré
que pongas la mano
en la cicatriz.

Tampoco le voy a contar
las lágrimas que costó
esa certeza.

Aquella mañana en los bosques del este
mi corazón era más ruidoso
que el río.

Más luminoso
que el sol del este.
Que la pulcra amanecida
en el Monasterio de Rila.

Nunca olvidaré
los bosques del este
ni el frío de tu corazón,
insensible
a otra,
a otra
que no sea
la niña que llora y,
a través de sus lágrimas,
sólo ve
el gris de la pared.

Yo quería que se fuera,
estar contigo a solas.
Y os fuisteis las dos.
Es lo mejor para los tres.

Te sentaste sobre la hierba
pero ella sintió
repugnancia (o vergüenza, o miedo)
ante el deseo claro (la boca) de un hombre.

Y, con todo,
mi corazón
iluminó ese día
cada rincón del bosque.

Todo era un sueño
en la vigilia”.




Y la semana que viene, una nueva entrega ‘P. de Budapest y otras drogas’. No se la pierda.