por Juan Vergillos

PREMIO NACIONAL DE FLAMENCOLOGÍA

Ha publicado novelas, ensayos, libros divulgativos, relatos, poemas y letras de canciones. Ha escrito y dirigido espectáculos de danza y de cante flamenco. Ha dirigido festivales de flamenco y otras artes escénicas. Ha ofrecido conferencias, talleres y espectáculos en teatros, festivales, colegios y universidades de Europa y América. Colabora habitualmente en la prensa generalista y especializada. Dirige el blog Vaivenes Flamencos.







martes, 3 de diciembre de 2013

Polaridades en equilibrio



Guitarra: Antonio Rey. Segunda guitarra: Masnuel Urbina. Violín: Thomas Potirón. Bajo: Pepe Pulido. Teclados: Álex Romero. Cante: Mara Rey, Los Mararines. Percusión: Ané Carrasco, Isidro Suárez. Palmas y compás: Manuel Soto, Quini de Jerez. Lugar: Teatro Lope de Vega, Sevilla. Fecha: Lunes, 2 de diciembre. Aforo: Tres cuartos de entrada.

Lo primero que nos llega de la música de Antonio Rey es un enorme despliegue de energía. Una vitalidad que es fruto de su familiaridad con la guitarra, de un fabuloso dominio técnico. Esta energía de su interpretación la transfiere, asimismo, a sus composiciones. Y también al grupo que las interpreta, con artistas tan emocionales y rotundos como Mara Rey, que cantó la ‘Nana’ con el corazón en la garganta. Esta pieza y el largo trémolo de ‘Alma’ fueron los temas más aplaudidos y jaleados de la noche. También las bulerías que interpretó Rey junto al dúo vocal flamenco Los Makarines. 



Los tres toques manifiestan esta dualidad maravillosa que es la esencia de la música de Antonio Rey: la fortaleza y el intimismo. El virtuosismo técnico y lo delicado. Las composiciones de Rey apelan sin ningún pudor a sentimientos básicos, y por eso, también, suenan flamencas en toda su extensión. Nos emocionamos sin dudarlo. La suya no es una guitarra complicada ni cerebral aunque sí, como he dicho, virtuosa. Rey pasa de la contundencia de unas bulerías frenéticas al lirismo de un trémolo sentimental con una facilidad pasmosa. La gracia del asunto, claro está, es que las dos polaridades queden integradas, como de hecho ocurre, no sólo en la sucesión del recital sino, incluso, en la misma pieza y hasta en la misma nota. Rey es contundente y delicado y esa habilidad lo convierte en un músico reconocible. La taranta fue tierra, categórica y sutil, y la granaína evocadora y dulce. Fueron muy de agradecer los primeros minutos de guitarra solista y sola.

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